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Don Fernando, un hombre que dejó grandes huellas

Don Fernando, un hombre que dejó grandes huellas

Al escuchar la canción Mi Padre de Lope Balaguer, veo y siento el retrato del autor de mis días.

Era un roble, no iba a misa, pero practicaba la religión como un santo entregado.

Todo lo bueno y bien dicho de esa excelente canción le sirve perfectamente de traje a Don Fernando.

Hoy te entiendo, hoy te entiendo…

Una vez visitaba una empresa y el portero, un señor entrado en años de tez morena, con el respeto de uniforme me pregunta mi nombre y por segundos noto queda paralizado.

Y le pregunto.

-Algún problema señor? –

Es que conocí un señor llamado como usted, que nos contrató para una velada de boxeo en una gallera en Constanza-

Ese era Papá, sin lugar a dudas-

¡¡¡Qué señor más agradable y respetuoso!!!

-En ese tiempo era Kit Dinamita, pero ahora no soy ni Kit Montante.

-Los golpes y las parrandas dejaron sus huellas en mi.

-Que placer verlo, para recordar esos buenos momentos en Constanza-

Papá siendo un mozalbete se engancha en el carro de manigueta Ford, modelo T junto a toda la familia para emprender la mudanza desde el pueblito liniero de Guayubín a La Vega, trayecto que duraba nueve horas.

En principio, el jovenzuelo llevaba los dulces y delicias de harina que hacían su madre y hermanas a diferentes colmados y puestos de ventas.

Luego hace un peregrinaje sirviendo de ayudante en colmados y oficinas.

Don Fernando emprende el viaje al paraíso soñado, Constanza, movido por dos grandes motivaciones: el encuentro con la mujer que le cautivó por toda su vida: Aurora y el emprendimiento de dos negocios.

A comienzos de la década de los 50’s Constanza disfrutaba de una activa economía, producto de las obras del régimen trujillista: el aeródromo, hotel Nueva Suiza, balneario El Chorro, las casas del Jefe, etc.

El Bar Fernandito, ubicado frente al parque representó para este pueblo más que un simple lugar de diversión, era como un club, donde se podía ir a departir en un ambiente sano, con la mejor música de la época difundida por la última creación de la Wurlitzer.

El bar era un amplio salón, decorado con fotos de los artistas de la época, precisamente venían al país, especialmente para la semana aniversaria de la Voz Dominicana.

Con regularidad las grandes orquestas del Cibao deleitaban al público del pueblo montañés.

Recuerdo cerraban la calle con una muralla basada en pencas de coco.

Mi memoria histórica ubica esas piezas magistrales de Toña, La Negra: Salomé me quiere a mi, Cenizas.

Salón México, los mambos chispeantes de Pérez Prado, los merengues clásicos de Luis Alberti.

Los muy amargados con los boleros de Agustín Lara y Fernando Valadez.

La larga Distancia y El Reloj de. Lucho Gatica.

No podía dejar al eterno Marcos Antonio Muñiz, especialmente El Despertar.

Creo que la Wurlitzer avivaba sus luces, cada vez que una magnífica canción sonaba.

Cuantas otras grandes canciones retumbaron en el Bar Fernandito.

Don Fernando era un gran anfitrión, un conversador innato de todos los temas, especialmente de deportes.

Su otro emprendimiento fue un colmado, un señor colmado, surtido al estilo de una gran ciudad.

El viejo era un difusor y promotor de los deportes.

Alrededor de su radio «de tubos» Philips se reunía un público de todas las edades para escuchar los partidos de béisbol de grandes ligas en las voces de los grandes de la época: Buck Canel («No se vayan, esto se pone bueno») Jaime Jarrín y Felo Ramírez, entre otros.

Se escuchaban los partidos y se comentaban las estrategias, las grandes jugadas.

Pero Don Fernando era un promotor de una variedad de deportes.

Organizaba y promovía un circuito de ciclistas, que partía en la misma puerta del bar, recorría todos los valles de Constanza y el de Tireo.

¡¡¡¡Todo un acontecimiento!!!!

También las veladas de boxeo eran celebradas en la gallera municipal.

Las grandes peleas, auspiciadas por Gillete, las disfrutábamos como si estuviéramos al lado del ring, fruto de narraciones estelares de esos maestros.

Varios jóvenes de esa época con grandes cualidades para la práctica del béisbol fueron asimilados por las Fuerza Aérea para formar parte de la poderosa maquinaria del equipo de esa entidad, uno de los más temibles, gracias a diligencias del hombre nacido en Guayubín.

Durante el gobierno del Consejo de Estado Papá se desempeñó en el Ministerio Público, primero en un pueblito, cerca de Moca, como Oficial Civil y posteriormente, como Juez de Paz en Constanza.

No duró mucho, por lo que le contaré.

Regularmente los asuntos llevados al tribunal eran conflictos y delitos de poca monta.

Pasaba horas sentado en los bancos del tribunal observando los debates y finalmente escuchar del viejo, en su voz pausada y cautelosa la sentencia, siempre amparada en el mejor sentido de justicia.

Ocurrió que unos pobres campesinos entablaron una demanda contra unos oficiales radicados en el aeródromo, porque unas gallinas de su propiedad dañaron y causaron pérdidas cuantiosas en perjuicio de unos pobres campesinos.

El Juez, apelando al sentido puro e inmaculado de la justicia falló a favor de los débiles.

Al día siguiente recibió el telegrama de su destitución.

Siempre será mi héroe por ese sentido de honradez y justicia querido Papá.

Ocurrió un domingo, a diferencia de los domingos aburridos y pesados de los pueblos, esta vez la gente disfrutaba de la estrella y otras entretenciones de un circo instalado en el pueblo.

La salud de Don Fernando se había resentido demasiado producto de los trasnoches y frías madrugadas.

Ese domingo un dolor insoportable de cabeza, culminó con un derrame cerebral fulminante.

En medio de este inaguantable dolor este gran hombre se despide de este escenario terrenal.

Oí comentar cuando llegué a casa que una luz iluminó todo el valle en la oscuridad de la noche.

Don Fernando, el hombre de hablar pausado, trabajador, amante de los deportes y fajador «como un buey» se nos fue temprano a rumbo desconocido, apenas a los 48 años.

Hasta luego mi viejo querido.

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