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Todos pal salón

Venga gente, venga pueblo, es pal salón que vamos. Al salón de belleza, no al de billar. Hay que restaurarse un poco, para no dejarse caer. Esta promoción es gratis a favor de todas esas madres y padres de familia tan sufridos que hacen lo imposible por devolverles a muchos lo que el tiempo se llevó.

Es temporada de fiesta y hay que ir al salón. Inviten a la vecina, a la compañera de trabajo, a niños, jóvenes y ancianos. Que nadie se quede. Hay que subir la moral y ponerse pepillos, elegantes, pues no es para menos.

Si lo primero que hacemos al levantarnos es vernos al espejo y empezar a estirar la piel de la cara con los dedos para desarrugarla; si nos damos una peinadita para darnos un poco de caché antes de abrir el telón a la mirada púbica, en tiempo de fiesta bien merece que hagamos algo más y nos sometamos a la dictadura del barbero, la peluquera o manicurista.

En Víspera de Año Nuevo no podemos dejar de ir al salón para restaurarnos y adecentar la imagen que proyectamos hacia los demás. La tarea en estos días es lucir mejor, no sólo exteriormente; restaurar la forma de pensar, de hablar, de sentir y de ver el mundo. Eso significa cultivar la hermosura espiritual.

Es tiempo de quitarnos el polvo del camino, recortarnos la corbeja, el moño o el pajón de la maldad, que nos hacen ver espiritualmente “greñú, depeluñao, curtío y deguañangao”. Es tiempo de quitar del corazón la telaraña, de bañarnos con el agua bendita del amor de Dios y ponernos el perfume de su gracia.

No hay que tener miedo a que Dios nos dé por el pelao y nos invite a ser mejores. La vida pasa rápido; a todos nos puede dar un yeyo en cualquier momento y, si nos embullamos en tonterías, nos podemos encontrar con las manos vacías, sin frutos concretos al final de una vida chatarra.

Ser mejores significa ir despegando el corazón de tantas tonterías que nos atan. No está de más hacer un inventario de nuestros bienes, dinero, ropa, zapato¿Para qué acumular cosas que no usamos? ¿No sería mejor compartirlas con quienes las necesitan?

Abrirse a la dimensión del compartir es fuente de alegría. ¿Y hasta dónde compartir? No sólo lo que sobra, sino hasta que nos duela, diría Madre Teresa de Calcuta. Aunque hay gente a la que le duele dar hasta una menta de guardia. No puede ser: Dios no se deja ganar en generosidad.

En Víspera de Año Nuevo no podemos olvidarnos de quienes están pasando el Niágara en bicicleta.

Todos pal salón a restaurarnos, para ver si podemos ser un poco mejores.

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