Dice la Real Academia Española que el tránsfuga es una persona que abandona una organización para pasarse a otra generalmente contraria, aquella que marca la competencia. Puede verse a nivel empresarial, ideológico y, lo más común, en el plano político.
En el ecosistema político nacional, los tránsfugas son pan nuestro de cada día, van de lado a lado buscando ventajas y prebendas que le brinden buena calidad de vida para ellos y los suyos. Aunque, debemos señalar, que otros lo hacen por agravios justificados u oposición a los lineamientos internos del movimiento o agrupación política de origen.
Ser tránsfuga, especialmente en tiempos de campaña política, es lo cotidiano y se ve con mayor frecuencia desde los partidos o movimientos políticos opositores hacia las organizaciones en el poder. No podemos malinterpretar, aunque el término tiene una connotación negativa y un tanto denigrante, no hay nada malo en incurrir en esa práctica.
Sin embargo, hay tránsfugas y hay tránsfugas. Los que suman esfuerzos para adelantar la agenda de su organización, en este caso movimiento o partido político, son bienvenidos y acogidos dentro de grupos internos de correligionarios con las mismas aspiraciones, en este caso proyectar la figura de un candidato, presidencial por ejemplo, o colectividad.
Ahora bien, hay tránsfugas indisciplinados, malcriados, obtusos y flojos de carácter que solo proyectan sus intereses personales y en cada oportunidad retan la autoridad constituida de los círculos de trabajo a lo interno de la agrupación. Muestran la ponzoña cada vez que sienten ser retados, o le señalan faltas disciplinarias. Hay pocos, pero los hay.
Cuando este tipo de persona asoma, su ego va delante como bandera de discordia y torpeza encarnada en quien imagina ser más que aquel. Ese personaje es nocivo para cualquier organización política, más aún en tiempos de campaña electoral. Cuidado, alerta siempre, estos sujetos pueden arruinar la armonía de una colectividad y convertir el ambiente poco productivo. Una píldora para el fracaso.
Ese comportamiento obedece a un trastorno de personalidad, su naturaleza es distorsionar, mentir, burlarse de otros, e impedir que los demás brillen con luz propia. A ese personaje no se le puede brindar confianza, mucho menos asignarle tareas delicadas en pleno ejercicio político.
Un ente disociador como ese está en la obligación de corregir su accionar y aprender a trabajar en equipo, como mandan los estatutos y las normas de convivencia pacífica. Menos de ahí sería dar campo al caos, la discordia y al fracaso colectivo. La humildad distingue a cualquiera.
El fenómeno del tránsfuga seguirá siendo normal; aprendamos a ser receptivos, sin tratarlos de forma peyorativa, sobre todo respetar aquellos que aportan y valoran a sus compañeros. Lo correcto es sumar esfuerzos y brindarles el espacio que buscan para desarrollar sus ideas y aspiraciones.
Por: Raúl Antonio Mejía Santos

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