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Cómo y por qué asesinaron a Kennedy

Llegó el magnicidio y estremeció a la gran democracia del Norte. Claro, se repitió el ciclo de los asesinatos de Estado, esos que derraman sangre presidencial para forzar un cambio de poder. En Estados Unidos, los magnicidios son la forma más brutal de dar un golpe de Estado. Más de un presidente gringo ha sentido el poderoso filo de la amenaza mortal, de Jackson a los Roosevelt y otros.

El intento fue exitoso con John F. Kennedy. Este presidente, el más joven y el primer católico en ocupar la Casa Blanca, tenía un carisma envidiable, era un gobernante de vitrina y una promesa de libertad. Su propia impronta lo enaltecía. Patrullero de costas en la segunda guerra mundial, había escrito “Perfiles de coraje” y obtenido el resonante Pulitzer. Como dirigente demócrata había hecho una espléndida carrera política, en el partido y en el Senado. Todo se abría ante su brillo, todo se anchaba ante su mirada prometedora. Brilló con su carisma en el debate con Nixon, el deslucido aspirante republicano. Lo venció en las elecciones y se juramentó en enero de 1961. Desde Washington, creó la Alianza para el Progreso y otras iniciativas, como freno contra la expansión comunista. Cuba era un fantasma vivo y terrible, que estremecía a la región con sus barbudos en el poder. Fidel había instalado una utopía llamada “Libertad”, y ese virus revolucionario podía contaminar toda la región. Había que evitar ese contagio y vacunar a los pueblos contra semejante plaga. El antídoto llegó con la Alianza para el Progreso y la llamada “izquierda democrática”, un club de líderes latinoamericanos bendecidos por Washington.

Sin embargo, ocurrió la tragedia el 22 de noviembre de 1963. Ese día el presidente Kennedy, pensando ya en la reelección, llegó a Dallas para codearse con ese estado sureño y hostil. Su vicepresidente, Lyndon Baines Johnson, era nativo de Texas, y por ello el menos demócrata de los demócratas. El conservadurismo de Johnson no pudo evitar la tragedia. Lee Harvey Oswald acechaba en las sombras de un escondite. En la calle Elm, por donde pasaba Kennedy en su Ford azul reluciente, acompañado del gobernador John Conally y su esposa, había festejo y emoción. El presidente podía celebrar un triunfo por adelantado. Los laureles estaban tendidos a sus pies. Un nuevo mandato se abría en el camino.

Kennedy sonreía junto a su esposa, la primera dama Jacqueline Kennedy. La victoria sería de ellos, y así continuaría la tradición reeleccionista sucesiva. Tres veces lo había logrado el segundo Roosevelt. Demócratas y republicanos habían completado su ciclo presidencial. Kennedy era más una promesa que un hecho realizado. Su gran revés había sido Bahía de Cochinos, una invasión que terminó en derrota: un fracaso oficial. Después de eso, con la Alianza para el Progreso había levantado una esperanza pacífica y luminosa.

Llegó el magnicidio y lo registró Abraham Zapruder, un ardiente admirador de Kenendy. Sin embargo, 59 años después, persisten las especulaciones y las inquietudes: ¿Tuvo la CIA que ver con ese hecho?, ¿cuáles fueron las motivaciones profundas del magnicida?, ¿había una conspiración oculta y soterrada para destronar a Kennedy y entregar el poder a los demócratas conservadores?

Para mí, el magnicidio salió de un delirio. Me baso en La muerte de un presidente, el libro grueso y copioso de William Manchester. Lo leí hace ya largos años y aún atesoro esa lectura reveladora. Las raíces más hondas están en la mentalidad calenturienta de Lee Harvey Oswald, un tipo fanatizado y prisionero de sí mismo. Poseía un fuerte delirio de grandeza. Se movía entre dos péndulos: había tenido estrechos contactos con la CIA y con la Unión Soviética. Es más, su esposa Marina era soviética. Allí, en la URSS, se habían conocido. En ese mismo país quiso renunciar a su ciudadanía materna. En un momento delirante y de extrema calentura, quiso ir a Cuba; en México le negaron el visado. Fidel no recibió a tamaño desquiciado.

Eran inaguantables los problemas domésticos de la pareja. Se peleaban Lee y su esposa. Ella lo humillaba: le decía poco hombre y menos macho; incluso, lo encerraba en una habitación o en el cuarto de baño. El machacado y menospreciado Lee debía demostrarle que era un hombre de pelo en pecho. Para ello haría cualquier cosa, hasta inmolarse y matar si fuera preciso. Lo intentó primero: le disparó a un general, con desdicha, sin fortuna. Un crimen mayor y supremo sería la consumación de su locura heroica: ya se convertiría en superhéroe justiciero. La próxima vez no fallaría: sería tan certero que los disparos resultarían mortales por necesidad. Se apertrechó, lo preparó todo, para no fallar. Adquirió un rifle italiano. Trabajaba en una librería de la clásica calle Elm. Habilitado el espacio, se hizo un francotirador inmortal. Subió al cuarto nivel, se posesionó de su lugar, ejecutó la acción. Con mira microscópica disparó una y otra vez. Haló el gatillo mientras veía las consecuencias de su acción violenta. Kennedy caía desplomado sobre su esposa, con la cabeza destrozada y hecha añicos. El gobernador Conally recibió una herida (nada mortal por cierto). Al presidente lo llevaron a un hospital, pero fue todo en balde: había fallecido.

De inmediato se inició la persecución para descubrir al delirante magnicida. Lee sale huyendo, con pasos frenéticos y desorientados. No sabe qué hacer: todo a su alrededor se va volviendo una pesadillo atroz. Se mete en un cine, enfronta a unos policías y mata a uno de ellos. Lo persiguen hasta que lo atrapan. Capturado, no lo interrogan -o no registran el improvisado interrogatorio. Días después, lo trasladan a un centro policial de mayor seguridad; pero en ese momento sobreviene otra desgracia. Desafiando a las cámaras y a los periodistas que estaban allí, Jack Ruby irrumpe en el lugar y mata a Lee Harvey Oswald. El magnicida está muerto, tendido ante las impávidas y dramáticas miradas de la prensa. El hecho queda allí registrado, y es difundido al instante. Está muerto el matador de Kennedy. Sangre por sangre.

Ruby, el vengador, va a la cárcel. Sufre cáncer y muere años después. La comisión Warren determinó al año siguiente, que el asesino actuó solo, arrastrado por hondos desgarrones internos y mentales. La CIA, el FBI, los carteles del petróleo, no entran en la investigación.

El asesinato de Kenney sigue en la memoria, cincuenta y nueve años después. Persisten las especulaciones siniestras. Sigo recomendando “La muerte de un presidente”, el insuperable libro de William Manchester. Hay que leerlo.-

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