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Muerte de Margaro: la humildad del humorista

Margaro ha muerto. Ahora todos nos sorprendemos y lamentamos su muerte. Margaro murió de pobreza, murió de desatención social, murió de soledad y de tristeza.

Solo Dios sabe cuál fue su último pensamiento. El motivo de su última lágrima. Precisamente él que tanto hizo reír.

Si la sociedad apoyara los valores de la cultura dominicana, probablemente Margaro estuviese vivo. Si el sistema de salud se preocupara por los envejecientes, desde la atención de un médico cercano a las familias, estuviese vivo. Si la alimentación fuese de verdad una prioridad, si las medicinas no estuviesen tan caras, a lo mejor Margaro, y muchos como él estuviesen vivos.

Un simple cataflán que antes costaba 20 pesos hoy cuesta el triple. Un plátano cinco veces lo que antes. Un pan el doble, una sonrisa. ¿Cuánto cuesta una sonrisa?

¿Desde cuándo Margaro no reía? ¿Cuál fue su último chiste? ¿Cuándo fue la última vez que apareció en los medios? ¿El último dinerito que le entró?

Dicen sus vecinos que desde hace días venía arrastrando problemas de salud. Si el Ministerio de Cultura se preocupara por las figuras del arte y el espectáculo, de la literatura y la música, de los pensadores y los que han aportado algo a levantar una cultura que cada día es más agredida y más deshilachada, más raída y más espantada, Margaro estuviese vivo.

Si hubiesen políticas sociales desde las instituciones del Estado, dedicadas a reconocer a las figuras que de verdad han aportado, sin caer en la bazofia que hoy nos inunda, probablemente hoy Margaro estuviese vivo. Alguien hubiese dado la alerta, lo hubiese llevado al médico, le hubiese curado, levantado el ánimo. Que no todo tiene que hacerlo el Dr. Cruz Jiminián, carajo.

¿Cuándo el amor por esta media isla, por esta nación, por esta gente única en el planeta -líderes mundiales en hospitalidad y alegría-, nos va a hacer recapacitar a políticos y empresarios, a los medios y los completos, a los ministros y deliverys, a los colmaderos y catedráticos, a los neurólogos y guías de turismo, a los peloteros y las amas de casa, a las prostitutas y los farmacéuticos, a los mandatarios y ex mandatarios y con ellos a los evangélicos y mecánicos, y sí, al Presidente y al arzobispo, a los policías y atracadores, a los fruteros y legisladores, en fin, a los poetas y a los urbanos?

«La Escuelota» está de luto.

Dios se apiade de nosotros. Y por supuesto del alma de ese pobre acróbata de la sobrevivencia que en vida fue Nicolas Díaz, alias Margaro, con quien tanto reímos.

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