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Top Gun: Maverick (2022)

EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO. – Yo también quisiera que fuera 1986. Al menos alguien más tendría que preocuparse por las facturas. Antes de llegar a Top Gun: Maverick (2022) tenemos por obligación que subirnos en el DeLorean y viajar hasta 1986. Tony Scott (1944-2012) le obsequió al cine grandes películas, cintas que trascendieron la pantalla y se enquistaron en la cultura popular, Top Gun (1986) es la muestra perfecta.

Es imposible imaginar los ochenta y los noventa sin Maverick, Ice Man y los F-14 surcando los cielos al ritmo de Danger Zone de Kenny Loggins. O tal vez escuchar Take My Breath Away de Berlin y no imaginar a Tom Cruise y Kelly McGillis haciendo de las suyas. Más allá del valor como obra cinematográfica el filme de Scott se impone gracias a su capacidad de conectar con la audiencia y permear hasta convertirse en moneda de uso regular en la sociedad.

Top Gun: Maverick no solo se alimenta de su predecesora para sentar la base de la nueva historia, más bien esboza secuencias que imitan a las fabricadas por Tony Scott con una vocación más nostálgica que cinematográfica. El director Joseph Kosinski (Tron: Legacy, Oblivion) va anexando piezas sobre un esquema ya dibujado. El guión de Peter Craig (The Town, The Batman) igual carece de identidad propia y se siente más como una extensión del material original de Jim Cash y Jack Epps.

Hasta los tintes de propaganda política y militar prevalecen como si el mundo aún viviera bajo la sombra de la Guerra Fría. El monólogo de los Estados Unidos de América, los muchachos vigorosos y valientes, que ahora se hacen acompañar de una chica para evitar que las del me too les cancelen, el enemigo sin rostro y sin voz al que podemos eliminar sin que a nadie le importe o lo sufra y el desenlace épico que eleva los colores de la insignia de las barras y las estrellas.

Luego de la secuencia de introducción vemos a Maverick (Tom Cruise) trabajando en el motor de una aeronave en un hangar alejado de toda civilización. Acto seguido se enfunda la clásica chaqueta de aviador, posa la mirada sobre algunos recuerdos y fotografías antes de alcanzar sus gafas y subir a la Kawasaki que lo inmortalizó en 1986. El capitán Pete “Maverick” Mitchell ahora pasa sus días como piloto de pruebas para los proyectos especiales de la Fuerza Aerea, pero por una jugada del destino es llamado para ser instructor en la prestigiosa académica conocida popularmente como “Top Gun”. Con los fantasmas del pasado tocando a la puerta y en contra de su voluntad el viejo Maverick acepta la tarea.

Donde mejor carbura esta Top Gun: Maverick es en las secuencias de acción. El ritmo que consigue Kosinski es apabullante y logra que nos imaginemos dentro de esos aviones cazas a velocidades inimaginables y suspiramos como si fuera nuestro pellejo el que estuviera en la línea de fuego cuando los F-18 se lanzan a evitar que el mundo sucumba ante un temible villano etéreo. Es impresionante lo que se logra con las técnicas modernas y la tecnología actual en el set de filmación y como esto se traduce en el producto final que llega a la gran pantalla.

Y es precisamente en la pantalla grande donde este filme puede ser consumido sin perderse nada. Aquí un noventa porciento es forma y el restante 10 le corresponde al fondo. El director de fotografía Claudio Miranda (Life of Pi, Oblivion) sabe muy bien a lo que se apuesta y su cámara siempre encuentra la forma de inmortalizar a ese Tom Cruise y sus muchachos.

Top Gun: Maverick es un paseo por la avenida de la nostalgia cargado de adrenalina que entretiene y que nos recuerda que Tom Cruise es la última gran estrella de cine, una especie en extinción (como se hace alusión en una línea de la película) a la que se le anticipa un final pero que estamos seguros de que este no es.

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