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“Mi adicción al sexo me dejó enferma y sin familia”

“Usted es ninfómana”. Eso fue lo que le dijeron a la protagonista de esta historia cuando un amigo la ayudó a que la atendiera un especialista. “Él se compadeció de mí porque desde que yo tenía 13 años me hice adicta al sexo, de una manera que cada día necesitaba más estar con alguien”. Es de esta manera que comienza a contar esa parte de su vida que quisiera borrar para siempre.

“Cuando pregunté que qué era eso de ninfómana, el doctor me explicó que son las mujeres que solo piensan en el sexo. Me dio vergüenza y él me dijo que no, que yo no tenía la culpa, que ese es un trastorno como cualquier otro y que quien lo padece, debe buscar ayuda y yo la estaba buscando, aunque demasiado tarde”. Al decir esta última parte se le preguntó que a qué edad recibió ese diagnóstico. “Oh, a los 35 años”. Se tapa la cara y permite confirmar que ya no tiene cabello, producto de las quimioterapias que ha recibido.

Pesa unas 105 libras, es alta, de ojos claros, piel canela y, con nariz y labios que afirman que es una dominicana de pura cepa. “Usted me ve así, pero yo era una mujer fuerte, no soy tan bonita, pero me veía bien, me arreglaba bien y gustaba mucho”. Hace una pausa, pero deja entre líneas que esos atributos le facilitaban alimentar su “vicio”. Así le llama ella.

 Aunque se le veía acongojada, hasta este momento no había derramado una sola lágrima por la situación en la que se encuentra y lo que ha vivido. Es al hablar de su familia que se le mueven sus fibras más sensibles. “Yo decidí hablar de mi vida porque no quiero que nadie pase lo que yo he pasado. Como mi familia no entendía que yo lo que tenía no era p…, como todos me decían, sino una enfermedad, ellos se iban alejando de mí. A los 17 años mi papá me botó de la casa por ‘vagabunda’. Mi mamá no hizo nada para que yo me quedara. Desde ahí comencé a rodar y la adicción era peor. Me acostaba hasta con cuatro y tres hombres en un día, pero nunca me prostituí, porque no era por dinero que yo lo hacía, era por placer, por enfermedad”. Se seca las lágrimas y añade: “A estas alturas, mis tres hermanos no quieren saber de mí por toda la vergüenza que les hice pasar”.

Múltiples parejas y cáncer

Cuando su padre la echa de la casa, se fue a durar unos días donde una amiga de infancia, que vive en Villa Consuelo. Ella residía en Santo Domingo Este. “Ahí duré como un mes hasta que decidí juntarme con un muchacho que dizque era mi novio. Te puedo decir, que tuve muchísimos novios, pero me terminaban porque yo les era infiel, y yo sufría…”. Le apena decir esto, pero lo justifica de inmediato reiterando: “Es que es una enfermedad, no era yo que quería ser así. Mi mamá fue una mujer seria, y mi hermana también lo es, y los dos varones son hombres de trabajo, como mi papá”.

Admite que no podía estar sola. Aunque le gustaba tener siempre una pareja “fija”, no dejaba de estar con otros hombres. “Yo no respetaba la edad, se lo digo a sinceridad. Es más, llegué a mudarme con un hombre de 60 y pico de año, yo con 22. En fin, me mudé como ocho veces con distintos hombres. Con el último, me junté cuando tenía 31 años y duré con él como cuatro. Ahí fue que el amigo mío, con quien nunca me acosté, me dijo que había que ayudarme”. Al parecer ese gesto le da nostalgia y se le aguan los ojos. 

Poco después de conocer que era ninfómana, es que también decide visitar a una ginecóloga que, luego de varios exámenes y pruebas, le diagnosticó que tenía el virus del Papiloma Humano (VPH). Esto le provocó el cáncer uterino, con el que está luchando.

“Del que tiene vicio no hay que burlarse, hay que ayudarlo”

Ella no decidió a los 13 años iniciarse en las relaciones sexuales porque quiso. “Era mi cuerpo que desde que me formé, me hacía tener fantasías sexuales y querer tener relaciones con quien fuera”. Los terapeutas sexuales la entienden a la perfección. Aunque la ciencia no tiene una causa certera, sí hay algunos hallazgos que apuntan a que la adicción al sexo puede estar ligada a algunos cambios en las vías del cerebro. Otras hipótesis la relacionan con factores de riesgo, como es el acceso a la pornografía.

La mujer que hoy decidió contar su historia, ha pagado caro por haber vivido con una condición a la que hace siete años le puso nombre: ninfomanía. “Luego que el terapeuta me ayudó, dos años después me descubren que tengo cáncer uterino, y a partir de ahí es que yo he pasado trabajo. Como te dije, no he tenido ni quien me cuide. Mi hermana viene a veces, y se han juntado para darme algo de dinero, pero no es una familia comprometida”. Esta cita la acompaña, no sólo de lágrimas, sino de agradecimiento a ese amigo que hasta la ha ayudado a que una entidad sin fines de lucro la respalde con el costo de la enfermedad.

Daños emocionales

La condición de sexo compulsivo le generó a su vez otros trastornos: ansiedad y depresión. “Nadie se imagina lo que se sufre cuando se tiene este problema. Con tal de tú lograr satisfacer esa necesidad, eres capaz de todo, hasta de olvidarte del peligro de enfermarte o dañar a otros”. Solo pensaba en ella en esos momentos y luego venía el arrepentimiento, que se encargaba de profundizar sus daños emocionales.

Llegó a cursar el tercero del bachillerato a duras penas. Cuando su padre la echó de la casa con 17 años, estaba en segundo. Dejó la escuela y luego hizo el tercero como estudiante libre. “Después dejé eso, y me ha pesado, porque soy inteligente, me gusta leer y documentarme. Por ejemplo, me dijeron que era ninfómana, yo sé todo lo que tiene que ver con eso, y por esa razón le recomiendo a cualquier mujer que esté viviendo algo así, que busque ayuda con un terapeuta sexual, porque del que tiene vicio no hay que burlarse, hay que ayudarlo”. Lo dice empoderada mientras se acomoda la hermosa peluca que usa, y de la que hace alarde: “¡Mira qué bello mi pelo!”. Se sonríe.

Ha recibió insultos, desprecio y muchos otros malos tratos, pero asegura que está de pie, que tiene fe en que Dios la seguirá sanando, y podrá escribir, aunque con ayuda, un libro para contar todos los detalles de su vida desde que salió de la región sur hasta su liberación de la ninfomanía y sus vicisitudes en las garras del cáncer.       

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