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El cigarro de Tamboril y La Habanera

En el período inicial de La Habanera se conocieron 6 marcas de cigarrillos

La cantidad de fabricantes de cigarro de Tamboril es tan numerosa como la de compradores de tabaco al final del siglo XlX cuando el tren apenas tenía tres años de inaugurado y sus vagones se llenaban de cerones repletos de la hoja seca en ruta hacia Puerto Plata. La producción de tabaco dominó todo El Cibao y todos los gobiernos contaron con sus impuestos para poder pagarle al tren burocrático constituido por muy pocos empleados, muuuuuchos compadres, y una guardia ñoña, mala y bruta que les garantizaba aferrarse al poder.

Cada tabaquero cuenta el cuento a la manera de La Lupe para decir que la historia del tabaco y del cigarro es la suya propia. Como el ombligo de Orlando en la novela de Virginia Woolf.

Lo que ninguno puede negar es que Tamboril, mucho antes de su fundación en ese inicio del siglo XX y con algunas casitas dispersas, ya se dedicaba, en cuerpo y alma, a su cultivo.

Lejos atrás, en el 1867, en el segundo mandato del Gral. José María Cabral, hacía dos años que los gobiernos de la Restauración reconstruían el país sin españoles y sin amenazas haitianas de su emperador Soulouque y con Saïnave gobernando. José Ramón Polanco le vendió 33 tareas “de terrenos situados en Guazumal” a un tal Antonio Gabino León de Monte Adentro (en Don Pedro) y cuyo tercer hijo, Eduardo León Jimenes (Ximenes originalmente) fundaría, en el gobierno de Mon Cáceres (1906-1911) la fábrica de cigarrillo “La Aurora” y que sería la mayor competencia a La Habanera. Para esa época Tamboril es apenas, o menos que una “aldea pajiza” como la bautizó el poeta Hernández Franco, pero sus campos tabaqueros eran los mayores y mejores por la experiencia de gente que vino de Cuba como hicieron con los primeros ingenios en el este. El afán de lucro y la ignorancia hacen que la ingratitud de muchos denigren y depotriquen contra aquellos que también siguen haciendo sus “mejores cigarros.”

Los almacenes de La Habanera ocupaban una cuadra completa del Santiago que describe Pedro Batista en su libro “Santiago a Principios del Siglo”. La cuadra comprendía Las Rosas (16 de Agosto) hasta la Fortaleza San Luís, la calle Cuesta Blanca (Duarte) hacia Nibaje. Tanto Anselmo Copello como el alemán Richard Söllner, sus dueños, se dedicaban a la compra de tabaco, café y cacao que se producía “poi baisa y poi to loj rincone” mucho antes de dedicarse a fabricar cigarros y cigarrillos.

Los tamborileños y santiagueses fumaban cachimbo con el tabaco presado y amarrado en yagua. Ese tabaco de andullo que usaban, les servía hasta de remedio amasando cataplasma y aplicándoselo a las heridas para su mejor cicatrización. Y como “macá” para los bicho y como entretenimiento de las quijadas como hicieron con el chicle.

Al cachimbo le siguió el “pachuché” vigente hasta el día de hoy al módico precio de 3 pesos, pero con el nombre de “perrito” o “gavillero” que es un excelente ahuyentador de mosquito, y para Tite, un vecino, un magnífico viagra natural.

En sus 12 años La Habanera le impuso otro hábito al país al cambiarle sus cigarros por algo “más moderno, refinado y menos jediondo”, pero mucho más chiquito: el cigarrillo.

En el periodo inicial de La Habanera se conocieron 6 marcas de cigarrillos: La Habanera, Elegante, La legitimidad, La Eminencia, La Fama, y Casino. Solo quedo este último hasta mucho tiempo después cuando La Habanera se convirtió en La Compañía Anónima Tabacalera con Copello como único dueño.

La Matilde, que venía desde 1901 con cigarros, lanzó al mercado una marca de cigarrillos con el mismo nombre de la compañía a un ritmo de un millón 999 mil cigarrillos diarios, tal y como lo había planificado y determinado Alejandro Mencía, su dueño.

El movimiento político nacional estaba agitado después del asesinato de Lilis y, Horacio Vásquez, del Partido de los gallos rabuces, que impulsó a Juan Isidro Jimenes, quedó fuera porque el presidente de los bolos puso a Mon como vice. Horacio construye su quinta en Tamboril y se pasa las tardes fumando los mejores cigarros, regalo de sus vecinos, los Hernández.

Cuando Mon asume en el 1906, Horacio se va a Cuba.

Los cigarrillos La Matilde y los de La Habanera copaban el mercado porque la moda “de la elegancia y distinción de prender un cigarrillo” era lo que mandaba la publicidad. Casi 4 millones diarios, entre estas dos compañías, salían a las pulperías del territorio nacional, fuera en recua de mulos o en el Ferrocarril Central

Anselmo Copello se montaba en su brioso caballo “Bronce” y lucía su cigarro como si fuera un anuncio ambulante cuando todavía Santiago no tenía vehículos y la bicicleta estaba de camino en un pedido a Inglaterra hecho por los hermanos Palmer instalados en la San Miguel (Restauración) con 17 de Julio (San Luis).

Dos cigarros ya eran famosos en Tamboril: “Palma” de Nanán Blanco y “Flor de Licey” de Julio ramos, pegaíto al parque y a la parroquia Santa Ana y antes que le pusieran San Rafael.

De Santiago llegaban a Tamboril los cigarros de calidad de la Habanera, una gama exquisita que iba desde Los Diplomáticos, Elegantes, Selectos, Puritanos, 1955, Habanera y Panetelas Especiales que ponían en jaque a los que fumaban cigarrillos. Tanto el Cremas, como el Hollywood sin filtro eran fuertes, eran cigarros chiquitos envuelto en papel. Después vino el Benefactor y el Cacique. De manera que nos fumamos el Benefactor antes que Johnny Ventura cantara “eli tabaco e fueite”.

Los tamborileños de dinero y abolengo se la lucían en el Club Primavera oyendo música de vitrola y fumando cigarro de verdad y jugando dominó.

La única competencia a La Habanera se la hacía La Aurora con los cigarrillos “Aurora”, Sublime, Oro Negro, Perlas… Luego sacaron su estrella, “Premier” para enfrentar al “Montecarlo”, rival.

Pedro María Archambault, escritor y periodista, o al revés, insistía que no se debía vender a un solo país sabiendo que el Cibao era el mayor productor “desde los tiempos de María Castaña” (todavía no se conocía “desde cuando Cuca bailaba”) y la producción de cigarro no se detuvo, a pesar de la fuerza del sindicato de tabaqueros “La Hermandad Cigarrera”. Así continuó Julio Estévez en Canca, Manuel Ariza en Tamboril y Joaquín Balaguer en Navarrete.

La quinta de Horacio en Tamboril se convertirá en “casa museo” junto al Museo del Cigarro, de los que hablaremos en otras entregas.

Cuando Lilís le subió el rango a Coronel a Horacio, este se quedó en su Moca, en la casa cerca de la Iglesia y quizás lo que lo hizo mudarse a Tamboril fuesen los campanazos a to meter y a todas horas que daba el cura, con la alegría estimulada desde los viñobles franceses embotellados y convertido en sangre de Cristo. Buscaba esa tranquilidad del susurro de las aguas que movían las piedras y que sonaban como un tamboril.

En 1914 don Horacio tenía 44 años y había pasado 16 casado con Doña Trina, la primera Primera Dama que se destacó en el país a la que solo tuvo que agregarle el “Himno a la Madre” para que su memoria trascendiera su tiempo y entrara al salón de la fama junto al Big Dady.

Los ajetreos en tiempo de la ocupación (1916-1924) y en el periodo de su más importante gobierno (1924-1930), los enfrentaba gracias a sus descansos en la quinta de Tamboril, la que podrá ser apreciada después de su remodelación, ya como Museo.

En la marcha con cigarros prendíos, La Gran Fumata, se vio caminar a don Horacio al lado de Luis Abinader desde el monumento al cigarro en El Jobo, o callejón de Las Jiménez, hasta su casa donde les esperaba doña Trina junto a Raquel, Anyolino, Manuel, Víctor, Bismark, Mercader… para dar el picazo de honor que dejó inaugurado el Trabajo de remodelación y la creación del Museo del Cigarro de Tamboril.
“Fumando espero, el Museo que yo quiero, y mientras fumo, el humo yo consumo…”

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