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Ligero de equipaje: La biografía de Antonio Machado

Ian Gibson (Dublín, 1939), nacionalizado español desde hace más de treinta años, es conocido por su biografía de García Lorca, a la que siguió ésta, Ligero de equipaje, de Machado y, luego otra, una vida de Buñuel. En la presente, Gibson interpreta los poemas en clave biográfica y sigue el devenir del poeta dividiendo los capítulos según el lugar en donde tuviera su casa: Sevilla, Madrid, Soria, Baeza, Segovia, etc.

Ligero de equipaje comienza hablando de los antepasados del poeta sevillano, entre los que destaco a su abuelo paterno Antonio Machado Núñez, que publicó un catálogo de aves observadas en Andalucía, otro de peces de las costas de Cádiz y Huelva, uno más de reptiles y a quien “el clero sevillano lo consideraba poco menos que un hereje digno de la hoguera. La sospecha de ser además masón, era otro factor en su contra. Sospecha bien fundada”: Machado Núñez alcanzó el grado 31 de una logia sevillana.

También notable, también masón, fue el padre, llamado, por variar, Antonio Machado Álvarez, conocido como Demófilo, amigo del pueblo, quien estudió derecho y dedicó su vida al estudio de la literatura popular (publicó una compilación de Cuentos, leyendas y costumbres populares), a la creación de sociedades de estudios folclóricos y la investigación sistemática de la música flamenca.

 

Antonio Machado Ruiz, nuestro poeta, nació el 26 de julio de 1875 en el Palacio de las Dueñas, hermosa edificación sevillana que aún se conserva. En el siglo XIX, el palacio fue dividido en once pequeñas viviendas y una de ellas fue ocupada por sus padres durante unos pocos años. Allí nació el poeta y pasó sus primeros años y en 1913 dijo que “la arquitectura interna de la casa en que nací, sus patios y sus azoteas, han dejado honda huella en mi espíritu”.

Conjetura Gibson que la existencia de la Institución Libre de Enseñanza motivó a la familia a instalarse en Madrid en 1883. Allí inician sus estudios los tres niños mayores de la familia Machado Ruiz: Manuel de nueve años, Antonio de ocho y José de cuatro. Uno de sus alumnos, Luis de Zulueta, definiría así la Institución Libre de Enseñanza: “la Institución es y seguirá siendo, un fermento de renovación, un ensayo constante, una dirección, una tendencia, una reforma nunca terminada, una perenne confrontación de los más atrevidos principios pedagógicos con la realidad práctica. No hay premios ni castigos, sino una convivencia constante en el estudio y en el juego, en la Institución y fuera de la Institución”.

En 1893, cuando tenía dieciocho años, Antonio Machado comenzó a colaborar en un semanario madrileño, La Caricatura, con notas casi siempre referidas al teatro. También su hermano mayor escribió allí, incluso poemas, no así Antonio que todavía se demoraría en publicar sus versos. Manuel se graduó en la carrera de filosofía en 1897; a esas alturas Antonio no había completado sus estudios de bachillerato, que sólo completará en 1900. Eso sí, eran muy amigos, muy solidarios y, también, muy distintos.

Manuel era expansivo, simpático, elegante. Antonio era tímido, casi invisible y desaliñado. Lo del desaliño merece un párrafo aparte, que vendrá más adelante porque ahora voy rumbo a París, tras las huellas de Manuel, que trabaja en una editorial, y de Antonio, que viaja tras su hermano mayor. Estamos en 1899. Años después, Antonio recordará: “París era todavía la ciudad del affaire Dreyfus en política, del simbolismo en poesía, del impresionismo en pintura, del escepticismo elegante en crítica. Conocí personalmente a Oscar Wilde y a Jean Moréas. La gran figura literaria, el gran consagrado, era Anatole France”. (Le leo este párrafo a un amigo y me pregunta que quién era Anatole France, que nunca ha oído hablar de él: ¡lo que dura la fama!, ¿no, Anatolio?).

Lo importante –y nada notorio– de esta estancia en París es que Antonio Machado “dará a entender después, además, que fue precisamente la primera estancia suya en el apabullante París de fin de siglo lo que le hizo aflorar su vocación lírica”, dice Gibson. Y, en consonancia, cuenta más adelante que el hecho más destacado de este viaje es “el descubrimiento de la poesía de Paul Verlaine”. Las fechas coinciden: 1899. El mismo año de su estancia en París comenzó a escribir los poemas de su primer libro, Soledades. Poco después, en 1901, conocerá en Madrid a Juan Ramón Jiménez y en 1902, en París, a Rubén Darío.

 

En 1901 se fundó en Madrid el semanario Electra bajo postulados “republicanos y anticlericales”. En su número del 30 marzo, en la sección ‘los poetas de hoy’, aparecieron los dos primeros poemas de Antonio Machado. Todo indica que antes no había publicado nada en verso. Pero en enero de 1903 aparece en Madrid su primer libro, Soledades, cuarenta y dos poemas, treinta de ellos están escritos en silva, o sea “la libre combinación de heptasílabos y endecasílabos empleada por Góngora en sus dos Soledades”.

Como siempre pasa, hubo poca atención a su primer libro, pero los que lo comentaron eran muchísimo más que suficientes, Juan Ramón Jiménez y su muy admirado Miguel de Unamuno, a quien le dirige una carta donde dice: “hombre soy contemplativo y soñador (bien se echa de ver en cuanto escribo espontáneamente), que escucha los ruidos del mundo inerte, no por mera delectación del oído, sino por un deseo incorregible de lanzar el espíritu en el recuerdo de cuanto hay más allá de la memoria”.

Esto en cuanto a lo que era por dentro, porque por fuera, según Juan Ramón Jiménez, se le notaba “la máxima despreocupación en el vivir y en todo cuanto lo rodeaba (…) En aquella época –refirió Juan Ramón– iba vestido con un gabán descolorido viejísimo, que sólo conservaba uno o dos botones de una fila, los cuales siempre llevaba abrochados equivocadamente”. Lo dirá el mismo Machado en un poema de 1906, “Retrato”, donde admite que “ya conocéis mi torpe aliño indumentario”. Tanto, que hay más del asunto en esta biografía.

A estas alturas, el balance que hace su biógrafo es desalentador: “Machado cuando publica su libro tiene veintiocho años. Sin profesión, sin ingresos, obsesionado por el amor perdido y el que no llega, encerrado en sí mismo, no parece bien equipado para ganarse la vida en un país donde se lee poco… y mucho menos poesía”. Pasó años muy duros. Mediando un concurso, a sus treinta y dos años, en abril de 1907, Antonio Machado fue nombrado profesor de francés en el Instituto General y Técnico de Soria. El mismo año, la Biblioteca Hispano-Americana edita Soledades. Galerías. Otros poemas. Son “noventa y cuatro poemas, veintinueve procedentes de Soledades”. Años después, en 1917, el mismo Machado dirá que “ambos volúmenes constituyen en realidad un solo libro”.

Machado vivió en Soria entre 1907 y 1912, con un intermedio parisino. En 1908 es nombrado subdirector del Instituto y está perdidamente enamorado de “la hija mayor de los dueños de su pensión”, Leonor Izquierdo. Leonor iba a cumplir quince años el 12 de junio de 1909, la edad legal mínima para casarse contando con el permiso del padre: pues en esa misma fecha se iniciaron los trámites para la boda, que se celebró el día 30 de julio. Ella tenía, lo dicho, quince años. Él tenía treinta y cuatro y estaba feliz.

Poco antes de la boda, en abril, apareció en La Nación de Buenos Aires una nota de Rubén Darío elogiando los poemas de Soledades. Galerías. Otros poemas. Y reproduciendo seis de ellos. El artículo de Darío termina así: “sabe que nuestras pasajeras horas traen mucho de grave y que las almas superiores tienen íntimas responsabilidades. Así vive su vivir de solitario el catedrático de la vieja Soria. No le martirizan ambiciones. No le muerden rencores. Escribe sus versos en calma. Cree en dios. De cuando en cuando viene a la corte, da un vistazo a estas bulliciosas vanidades. Conversa sin gestos, vagamente monacal. Sabe la inutilidad de la violencia y aun la inanidad de la ironía. Fuma. Y ve desvanecerse el humo en el aire”.

Cuando se inició el curso de 1910, ya Machado tenía algún avance en La tierra de Alvargonzález, el extenso poema que publicaría el año siguiente.

1911 lo pasa en París, merced a una beca para tomar cursos de filología francesa. En verdad su interés es “asistir a las clases de Henri Bergson en el Colegio de Francia”. Su testimonio acerca de Bergson: “Bergson es un hombre frío, de ojos muy vivos. Su cráneo es bello. Su palabra es perfecta, pero no añade nada a su obra escrita. Entre sus oyentes hay muchas mujeres”.

Las cosas iban bien, pero en julio todo cambia. Los médicos diagnostican que Leonor tiene tuberculosis y ordenan que vaya a un clima más benigno. Tienen que regresar a España y Machado no tiene dinero. Quien le ayuda, con un anticipo de honorarios por sus publicaciones en el Mundial Magazine, es Rubén Darío. Leonor muere el 1 de agosto de 1912. El poeta queda devastado.

Destrozado, ante todo se quiere alejar de todo lo que pueda recordarle a su muy amada Leonor. Logra un traslado a Baeza y ya está instalado allí en octubre. Sigue como maestro de francés. Sigue escribiendo. Hay poemas sobre Dios, el mismo que no le salvó a su Leonor (“tengo en mi pecho clavado / un dardo tuyo señor. / Me heriste y he blasfemado / por amor”), hay poemas sobre “la decadencia de España” (“esta pobre España que bosteza / por hambre o por hastío, / por tener el estómago vacío / vacío el corazón y la cabeza”); en unos párrafos autobiográficos que envía ese mismo año a Juan Ramón Jiménez, dice al respecto que “todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo. Mi vida está hecha más de resignación que de rebeldía”. Y en un poema del mismo año alude a “mi asco de las juntas apostólicas / y las damas católicas, / creo en la voluntad contra el destino. / Y a pesar de la turba milagrera / y sus mastines fieros, / y de esta clerigalla vocinglera / ¡corazoncitos de Jesús tan hueros!, creo en tu Dios y en el mío”.

El período baezano dura entre 1912 y 1919. Cuando lleva allí apenas un año le escribe a Ortega y Gasset que “desde hace poco empiezo a reponerme de mi honda crisis que me hubiera llevado al aniquilamiento espiritual. La muerte de mi mujer me dejó desgarrado y tan abatido que toda mi obra, apenas esbozada en Campos de Castilla, quedó truncada. Como la poesía no puede ser una profesión sin degenerar en juglaría, yo empleo las infinitas horas del día en este poblachón en labores varias. He vuelto a mis lecturas filosóficas –únicas que en verdad me apasionan. Leo a Platón, a Leibniz, a Kant, a los grandes poetas del pensamiento”.

Al mismo tiempo va decantando sus síes y sus noes para la creación poética y que Gibson sintetiza acertadamente: “la imagen poética no debe estar al servicio de conceptos, de ideas, sino expresar y trasmitir la emoción de lo hondamente sentido o intuido, en primer lugar la conciencia del tiempo que fluye inexorablemente”.

Llegada la Gran Guerra, Machado firma un manifiesto aliadófilo junto a los principales escritores españoles, encabezados por Pérez Galdós. En 1916, la muerte de Rubén Darío lo conmueve y lo mueve a escribir una elegía (“si era todo en tu verso la armonía el mundo, / ¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?”). Curiosamente, once años atrás Rubén Darío había escrito una elegía anticipada de Machado: “misterioso y silencioso / iba una y otra vez. / Su mirada era tan profunda / que apenas se podía ver. / Cuando hablaba tenía un dejo / de timidez y altivez. / Y la luz de sus pensamientos / casi siempre se veía arder”.

Calleja, el gran editor de aquel tiempo, tiene una colección dirigida por Juan Ramón Jiménez, Páginas escogidas, que publica un tomo con poemas de Machado en 1917, donde dice en una nota que busca “una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo”. El mismo año también la Residencia de Estudiantes edita un tomo consagratorio con sus Poesías completas.

En 1919, por fin consigue un traslado y se va a vivir a Segovia como profesor de francés en un instituto. El mismo oficio que desempeñó en Soria y en Baeza. Ya es, si cabe el término, una celebridad entre los poetas. Y cultiva, en sus escritos, una creciente depresión por el devenir político de España, “lento y aburrido como nunca”, dice.

Durante esta época segoviana, Machado adelanta la obra del primero de sus heterónimos, Abel Martín. El “Cancionero apócrifo” de Abel Martín será la novedad en la segunda edición de sus Poesías completas, publicadas en 1928. Ya vendrá el discípulo de Martín, Juan de Mairena, otro heterónimo. Por esa misma época, en 1927, Machado es designado miembro de la Academia de la Lengua. Y, fiel a la tradición familiar, en 1930 ingresa a la masonería.

En 1927, Antonio Machado inicia la colaboración con su hermano Manuel en varias obras de teatro que escribirán alalimón y que se presentarán en teatros de Madrid y otras ciudades durante los siguientes años, comenzando con Las adelfas.

En 1928 recibió un libro de poemas escrito por una admiradora. Diferentes circunstancias concurrieron para que se conocieran en el vestíbulo del hotel Comercio. “Nada más verla –cuenta Gibson– el poeta se enamora”. Se llamaba Pilar de Valderrama, con quien sostendrá un relación secreta. Siempre fue un misterio quién era esa Guiomar que comenzó a aparecer en sus versos hasta 1981 cuando ella publicó un libro en el que develaba el misterio. No fue un amor pleno. Ella impuso condiciones de mujer casada y católica que “no podía ofrecerle más que una amistad sincera, un afecto limpio y espiritual, y que de no ser aceptada así por él, no nos volveríamos a ver”. Según ella, Machado contestó que “con tal de verte, lo que sea”. Además de encuentros furtivos en un café, éste fue un amor por correspondencia. Pero de las cartas de él –“unas doscientas cuarenta cartas a lo largo de los siete años de su relación”–, ella quemó casi todas. Se salvaron alrededor de cuarenta. Las de ella a él se perdieron, al parecer cuando él, perseguido, tuvo que salir de España. Para colmo, Pilar manipuló algunas de las cartas que se conservaron. Esta manipulación por lo menos mantiene la esperanza de que la relación no haya sido tan casta. Si no, quiero pensar, Pilar no hubiera tachado nada. Lo que sí está claro, es que Machado está perdida, irremediable, totalmente enamorado de su Pilar.

Machado está cada vez más comprometido políticamente. En un acto de republicanos en Segovia dice: “la revolución no es volverse loco y levantar barricadas; es algo menos violento, pero más grave. Rota la continuidad evolutiva de nuestra historia, sólo cabe saltar hacia el mañana. Por ello se requiere el concurso de mentalidades creadoras porque si no, la revolución es una catástrofe”. No obstante su entusiasmo, su salud se ha deteriorado. Ataques al hígado. A todo, contribuye su aburrimiento en Segovia, su hastío con el oficio de maestro, para el que, confiesa tras años y años, no siente ninguna vocación. A propósito, esa falta de vocación lo ha vuelto más creativo en las clases mismas y sus estudiantes lo recuerdan como un maestro nada represor que, incluso –y esta norma la respetó toda su vida–, nunca suspendió a ningún alumno.

Por fin, en 1932, es trasladado a Madrid para seguir dando clases de francés, ahora en el Instituto Calderón de la Barca. Por las mañanas va al Instituto y por las tardes va a los cafés en compañía inseparable de sus hermanos Manuel y José, que es pintor. En una breve carta queda la constancia de que asistió al estreno de Bodas de sangre; él felicita calurosamente a García Lorca. Ya estamos en 1933 y entonces aparece la tercera edición de sus Poesías completas, que merece una elogiosa nota de Benjamín Jarnés en La Nación de Buenos Aires, en la que destaca que “los tres valores preferidos por Machado son la sencillez, la claridad y la hondura”. Y el profesor de literatura del colegio donde Machado enseña francés, les lee unos versos de Machado a sus alumnos “y éstos quedan sorprendidos al enterarse que su desaliñado catedrático de francés (…), que aplasta la ceniza de sus interminables cigarrillos contra su traje y lleva los bolsillos desbordados de papeles, es ¡un gran poeta!”.

En 1936, Machado inicia su colaboración en el Diario de Madrid, notable porque durante todo el tiempo el protagonista es Juan de Mairena, que luego se reunirá en libro. Son años de mucha confrontación política. Al gobierno republicano sigue otro del ala opuesta, duro con la oposición hasta el atropellamiento. Luego vuelven a ganar las elecciones los republicanos y estalla la guerra que, en principio, no toca directamente a Machado. En el mismo año, Machado es trasladado al Instituto Nacional Cervantes para que dicte allí sus clases de lengua y literatura francesas: “si hemos de fiarnos del testimonio de uno de sus exalumnos, fumaba tanto durante ellas que los chicos lo apodaron ‘La Cenicienta’”.

En el mismo 1936 Lorca es asesinado, lo que provoca dolor y rabia en nuestro poeta. Hacia el final del año la situación es tan grave que el gobierno republicano se tiene que trasladar a Valencia. Machado se va también. Sus pronunciamientos lo han convertido en un objetivo de guerra. Con tanto dolor, pareciera que no puede con más y, sin embargo, se añade otra herida: su hermano Manuel, que ha sido su amigo toda su vida, queda en la otra orilla, apoyando al ejército fascista. El golpe es tal que se vuelve notorio. José Gaos fue a verlo a su casa de Valencia: “andaba encorvado y arrastrando los pies (…) Veíase en todo al hombre descuidado de sí mismo. Su cansancio y su agotamiento trascendían el vacilante pulso con que firmó nuestros libros”. La huida no se detiene allí: después se irá a Barcelona. Ah, va con su madre, que tiene ochenta y ocho años, y con su hermano José. En cierto momento, las autoridades les notifican que deben huir a Francia. La derrota es inminente y el poeta debe salvar su vida. Y los llevan a Colliure, donde morirá el 22 de febrero de 1939.

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