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Más sobre cómo se construye un dictador

Cuando leí que el nombre Muamar significaba “El constructor” y que el niño que portaba este nombre posteriormente se convirtió en un adulto sanguinario, el temido comandante Gadafi, no solamente me generó tremendo asombro, sino que empecé a poner en entredicho algo que escuché una vez eso de que “cada nombre trae su propio augurio”.

Gadafi fue un varón esperado y anhelado por sus padres quienes luego de tener tres niñas solo le ofrecieron mimos, contención y un sólido soporte para que estudiara, pero pronto aprendería de sus ancestros guerreros que la batalla significaba tener una vida honorable.

“La megalomanía en él todavía era incipiente, pero estallaría rápidamente con la borrachera del poder”. Tanto caló ese mensaje a su corazón que, en 1974, el antiguo niño del desierto declaró: “La muerte es la pena para toda persona que forme un partido político”.

Muamar Gadafi

Bajo su mandato, sucederían miles de ahorcamientos y mutilaciones a opositores reales o supuestos que se transmitirían por la televisión como si fueran un espectáculo.

La infancia de Gadafi no fue la de Stalin, que padeció en sus primeros años una increíble miseria y violencia. “En varias ocasiones el niño se salvó de milagro: un día, su padre lo tiró al suelo y lo molió a patadas, tan fuertes que orinó sangre durante varios días”. Tampoco fue la de Franco o la de Hitler cuyos perfiles psicológicos resaltan que crecieron bajo el autoritarismo paterno, víctimas del desdeño.

Más de un biógrafo de Franco señala que era objeto de burla por su baja estatura y su voz aflautada, ambos genocidas crecieron con el germen del resentimiento social, con ese sello del oprimido que luego si tiene oportunidad se vuelve opresor.

Pero he aquí la cuadratura del círculo: no todo es el bagaje de la infancia, no son solo las fisuras que quedan en la inmanente memoria, hay otro costado en este viaje de construcción psicosocial hacia al adulto dictador que seguirá siendo individual y particular. ¿Acaso hay una mezcla de personalidad sociopática, rasgos megalómanos, narcisistas y otros detritos de personalidades patológicas predisponentes, lo que inicia ese derrotero imparable que los convierte en una isla solitaria en este gran archipiélago de almas que se llama humanidad?

Síndrome de Hubris
El síndrome de Hubris deriva de la palabra hybris o hubris que proviene del griego y significa ‘orgullo’, ‘arrogancia’ o ‘presunción’; los griegos empleaban este término para hacer referencia al comportamiento humano caracterizado por una arrogancia que desafiaba a los dioses. Lo que movía a quienes padecían el síndrome de Hubris era una ambición sin límites, con un comportamiento temerario e insolente.

El neurólogo y excanciller británico David Owen publicó en 2008 una obra en la que exponía el perfil psicológico de quienes padecían del síndrome de Hubris, atraído por el comportamiento de políticos, dictadores y parlamentarios que permanecían mucho tiempo en puestos de poder.

En su texto, Owen acuñó el término “Síndrome de Hubris o locura del poder” para hacer referencia a los mandatarios que creían haber sido llamados para efectuar grandes obras y demostraban una tendencia hacia la omnipotencia y grandiosidad. Quienes padecen del síndrome de Hubris terminan siendo incompetentes, debido a la excesiva autoconfianza y la falta de atención hacia los detalles.

Cuentan los mitógrafos que cuando Ícaro salió del laberinto del Minotauro, a medida que ascendía su pecho henchido de orgullo, voló y voló alto tan cerca del sol que la cera que adhería las alas a su espalda comenzó a derretirse.
Enfermo de Hubris, Ícaro desatendió los consejos de su sabio padre y tan estrepitosa fue la caída como pertinente la lección que deben de aprender los hombres cuando juegan a ser dioses, locos de poder.

Para la próxima entrega expondremos sobre la neurobiología del poder y el papel de la sociedad en la perpetuación de los regímenes totalitaristas.

Por: MARCIA CASTILLO
castillomarcia76@gmail.com

La autora es escritora y neuróloga.

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